Distancia Social con Proximidad Espacial

La ocupación reciente por sectores de altos ingresos en áreas de periferia, en territorios de población pobre, intensifica la separación y promueve una aproximación de diferentes grupos sociales en el espacio. Allí entonces surgen los puestos de seguridad, los altos muros y los cercos electrificados al mismo tiempo que disminuye la distancia física entre ricos y pobres. Asimismo, el intenso desarrollo inmobiliario de las periferias ha contribuido a intensificar también la segregación, que se tornó más aguda en una superficie más reducida. Y, por otro lado, los programas habitacionales impulsados por el Estado eligen localizarse en aquellos suelos más depreciados, asentando pobres donde ya los había, consolidando pobreza donde ya existía.

El Estado fija tamaños mínimos de lotes, usos del suelo, condiciones de la edificación e instrumentos jurídicos para proteger a unos de otros. Y esto se logra mediante el uso de poder y orientando el mercado de suelo. El nuevo paisaje de la ciudad, homogéneo en pobreza y en desigualdades, forma parte entonces de políticas impulsadas y sostenidas oficialmente. La segregación residencial de Buenos Aires no resulta ser un proceso tendencial sino, por el contrario, provocado, inducido, planificado e instituido. Como este tipo de dinámicas está vinculado a la propia acción del Estado, existen pues oportunidades para operar con estrategias que tiendan al control de sus efectos. Pero pareciera ser mejor no hablar de ciertas cosas…

La segregación genera problemas urbanos de accesibilidad y de falta de servicios y de equipamientos, y otros sociales derivados del aislamiento físico. Si bien las distancias sociales se han incrementado, en los mismos términos se han reducido las espaciales. Esta aproximación conduce a procesos de fortificación extrema de unos y de desintegración social de otros.

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